Comentario sobre "Los Visitantes" de Freddy Fuentes.

November 21, 2016

 

 

Comentario sobre "Los Visitantes" de Freddy Fuentes

 

 

 

* Presentación en Temuco de la Novela  "Los Visitantes" de Freddy Fuentes

 

Escribo y leo a ustedes, ésta, la mirada que he podido tener de un amigo en el oficio de la escritura, y lo escribo para no dejar escapar aquellas cosas que, como lectora, pude rescatar. Leer una novela, para mi, siempre es un proceso: Comenzar, hacer detenciones, pensar un poco, rehacer y volver a retomar la lectura.

 

Esta vez llega a mis manos la novela "Los Visitantes" de Freddy Fuentes, un título que panorámicamente, al inicio, es un primer señuelo para entrar al agua en una complicidad, de ser nosotros muchas veces esos "visitantes".

 

Comencé a leer esta novela un día de lluvia, uno de esos días grises y puede que esa haya sido la huella con la que miré la novela, pues destaco que se me manifestó constantemente esa fotografía gris y neblinosa como una inteligente cinematografía que ronda uno de los cronotopos de la literatura más reiterados y conocidos: la casa. Una arquitectura cubierta de esa lluvia y gris helado, por dentro y por fuera, con reiteraciones de palabras de esta atmósfera: frío, neblina, "oscuridad inquieta" (p. 9), polvo, etc.

 

Los espacios han sido para mí, últimamente, como el sonido de mi propio pensamiento. Este espacio con algo de gótico, embarga a los personajes en una trama en la que ni ellos mismos saben exactamente hacia dónde va .Una casa en la que nunca se puede estar tan segura de lo que contienen los personajes. Un narrador protagonista: Ernesto, que de inmediato en la primera línea del relato percibe esta sensación diciendo: "Cuando llegué a esta casa por primera vez sentí un estremecimiento" (p. 7), "La casa tenía un aspecto fúnebre" (p.8).

 

 En esta casa se encuentran la familia, la vejez y la muerte. Una casa que contiene secretos. Una casa donde todos son visitantes. Una casa donde el "estremecimiento" enciende la alerta en medio de un lugar donde emerge una tensión indescriptible, una casa en donde "el mundo nos ha abandonado" (p.9), en donde incluso las moscas "se veían torpes, quizá asfixiadas por el encierro" (p.11).

 

 Se construye una sensación de aislamiento, donde se comparte "la soledad de la casa" (pp.11) que hace titubear la identidad del protagonista. Ernesto, llega hasta este lugar, más bien, retorna a la que había sido una parte de su infancia. Retorna para encontrarse con Lidia y su abuelo, una anciano debilitado, que yace en uno de los cuartos de la casa. Ernesto se encuentra con personas que se han atenuando junto con la casa, con un abuelo perdido en esa brumosa soledad, viviendo "de un concentrado de vitaminas" (p. 15) que lo mantiene vivo y ya no  su propio cuerpo. Incluso salir fuera de la casa para el protagonista es similar o peor que estar en ella, un pueblo pequeño donde Ernesto da vueltas y vueltas.

 

En la casa, se manifiesta la constante de la condición del abuelo, una muestra de esa soledad tan temida, soledad en la ancianidad, "olor a vez" dice Ernesto, cuidadores que se ocupan "del viejo", esa soledad en la que muchos quedan. Esta novela nos muestra esa realidad en la que "todos esperan lo que habrá después de que el viejo muera" e incluso, estos visitantes que solo hacen "reconocimiento de objetos" para la herencia. Una mujer que cuida un anciano, como a muchas que les ha tocado vivir esta experiencia.

 

 En torno a la casa, comienza el advenimiento de visitantes, duplas de visitantes imbuidos de esa atmósfera cenicienta, salivantes de codicia. Todos construyen triadas de movimiento, triadas de secretos, un "enorme triángulo desproporcionado" (p.99), asegura Ernesto. Entre ellos, dos importantes: Rebeca y Gustavo, dos personajes que se aproximan y se instalan aumentando esa tensión interna de esos que "solo sus nombres siguen siendo los mismos, porque sus rostros ofrecían ahora paisajes diferentes" (p.27). Dos personajes que de pronto, no sé por qué, me hacen pensar en "Los otros" de Alejandro Amenábar, me hacen pensar que pronto podrían todos terminar igual que Rose, cerrando las cortinas para que el sol ni nadie pueda saber lo allí dentro ocurre. Y en efecto, así es. Usted lector, tendrá que descubrirlo.

 

Ernesto, reflexivo de sí mismo y de su circunstancia, es un personaje fuerte, inquebrantable a veces, pero un personaje con sensaciones vagas, desperzonalizables, pero al mismo tiempo córporeas. Un personaje que prefiere "las verdades de las sombras de la noche: las imaginarias, lo invisible, lo que se cuela por todas partes" (p.91).

 

  Ernesto,  se encuentra con una cuestión familiar, de esas en las que cuando entras te cala hasta la profundo. Lidia, le confía muchos de sus secretos y los secretos de la casa, esos que se creen enterrados. La familia siempre tiene secretos. En este relato se revela ese conjunto familiar, esas sangres que se te van en contra. Interesante mirada, diferente a ese estereotipo familiar, esa familia algo disfuncional, esa familia que uno sabe que tiene pero que no conoce. Se revelan esas ocultas intenciones de aquellos que vienen buscando algo más que los afectos. Se trata de una novela que nos muestra lúcidamente esos deseos traicioneros, escondidos bajo la máscara de la noción "familia", pero que ciertamente se tratan solo de "visitantes". Visitantes, esos que están de paso, esos que se visten para la ocasión. Una familia, solo de visitantes, de esos así como somos cuando niños que nos hacen saludar cuando pero que uno quiere, porque no los conoce.

 

 Una casa y una supuesta familia, que se construye bajo un pasado difuso que: "nunca termina, siempre esta asechándonos en alguna parte" (p.29), un pasado que se guarda fragmentariamente en la memoria de los personajes, pero que los hace y deshace al mismo tiempo, que se deshacen en un secreto material: un baúl lleno de dinero, cuestión que desata a los personajes y los convierte en una extraña aparición.

 

De esta manera, a mi parecer, este relato posee una escritura híbrida, entre poética y narrativa. Una agudeza en el "cómo se dice", que se descubre en enunciados muy bien terminados. En frases intensas y altamente sinestésicas, las que le otorgan un matiz poético,  algunas frases como: "el miedo es un animal que nos ataca cuando estamos solos" (p.32); "la noche es un manto espeso que se posa sobre los ojos del mundo" (p.39); "las tumbas mirándonos como rostros cansados" (pp.48); "las verdades son mucho más grande que nosotros" (p.79); "es la muerte la que nos hace pensar en la vida" (p.97).

 

Se trata además, de una novela de capítulos breves,  de esos que dan tiempo para terminarlos, de esos que permiten avanzar y no cortar. Esta me parece, es una cualidad potencial para un lectura contemporánea, donde el lector puede encontrarse con la brevedad, pero una bien compuesta. No lo niego, es un factor que destaqué desde el inicio, se trata de mi predilección por la brevedad, pero esa brevedad bien diseñada, esa contenedora de significado.

 

En todo esto radica la novedad de esta novela. Una novela que desmenuza las noción de relación familiar, una novela en donde la casa es mirada como por cámaras de vigilancia, como ojo de pez, personajes que se adentran en las sombras.

 

Freddy, ya ha entrado con esto y con sus trabajos anteriormente realizados, a la inmensidad de ese espacio del lenguaje, le ha dedicado a "cualquiera" la posibilidad de encontrarse con una novela que pesa tanto como una de escritores que nuestra crítica chilena a destacado y colocado en los podios. Este autor ha mirado y escrito, siento, con ojos de un narrador, que la literatura y que los lectores pueden descubrir.

 

 

 

 

 

 

 

Portada

"Los Visitantes", Freddy Fuentes

Editorial Forja

        

 

 

 

 

 

 

 

 

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