Mujeres Leyendo: Un recorrido sobre la representación de la mujer lectora

Mujeres Leyendo: Un recorrido sobre la representación de la mujer lectora

 

 

 

Introducción 

 


La lectura, como práctica social, implica un encuentro entre el lector y el texto. El lector abre con el texto un mundo del significado rodeado por un contexto plural. El proceso de lectura que ejecute el lector estará teñido de variantes sociales, espacio-temporales, asimismo, el propio lector posee un capital con el que se acerca a la lectura. Ahora bien, al respecto es interesante observar que esta práctica, inserta en el plano social, ha tendido a relacionarse particularmente con la mujer.


La historia del mundo occidental, y con ello el discurso cultural, se ha encargado de construir una representación femenina vinculada a la pasividad y a la dependencia masculina, relegándola a espacios privados y poco dinámicos. Sin embargo, la mujer ha desarrollado prácticas, tal vez no tan activas, pero altamente impactantes como lo es la lectura. 


De ahí que estas páginas pretendan abordar la representación femenina en torno a la lectura, estableciendo como propósito el abordaje del vínculo entre la mujer y la lectura desde un foco más bien histórico, recogiendo también representaciones desde la iconografía, incorporando también la mirada sobre la lectura de mujeres escritoras que nos permitan construir, a modo general, la noción de mujer lectora.


Por un lado, algunas preguntas que desplegarán la discusión serán: ¿Cuáles son las características de las mujeres lectoras? ¿Qué imagen ha predominado históricamente de ellas? ¿Qué particularidades las constituyen como lectoras? ¿Qué figura se ha construido socio-históricamente de la mujer que lee? Por otro lado, la discusión se fundamentará esencialmente en tres grandes ejes: la mujer lectora, la imagen iconográfica de la mujer y la lectura, y escritoras mujeres en torno a la lectura. 


El vínculo entre las mujeres y la práctica lectora


El acercamiento de la mujer a la lectura, en cualquiera de sus soportes, ha generado históricamente cierta incomodidad. Pareciera que este malestar deriva del solo hecho de que se trate de una mujer, pero no cualquiera, sino una que sostiene un libro, lo lee y además lo comprende.


La mujer perteneciente al mundo occidental -de base fuertemente patriarcal- no ha tenido mucha fortuna en su acceso a la cultura. No solo ha quedado relegada a ciertas actividades del ámbito privado, sino que además ha quedado supeditada al orden de vida masculina. A consecuencia de ello, las prácticas desarrolladas por una mujer han sido confinadas a ciertas actividades que no impliquen su exposición pública, “para muchas sociedades la invisibilidad y el silencio de las mujeres forman parte del orden natural de las cosas” (Perrot, 2009).


Históricamente, una de esas actividades refiere a la lectura. La práctica lectora, de manera más bien indirecta, le abrió a la mujer una poderosa y consistente entrada cultural, le ha permitido alfabetizarse no solo en el campo lingüístico, sino que también cognitivo y emocional. A pesar de ello, la incorporación de la mujer al plano de lo escrito, no ha sido fácil, debido al fuerte impacto que generó la palabra escrita en ella, la sola idea de que una mujer cargase un libro se manifestaba como motivo de escándalo y temor, una mujer lectora sería al mismo tiempo una mujer peligrosa.


Inicialmente, en el transcurso de la época clásica, durante la época imperial romana, la mujer ingresa al mudo de la palabra escrita. Como menciona Cavallo (2004) será aproximadamente en la época imperial en la que comenzarán a aparecer, en la pintura pompeyana y en los sarcófagos, mujeres leyendo. El ingreso de la mujer durante este período fue particularmente intrincado, pero gracias al poeta Ovidio se abrirá un espacio entre la mujer y la cultura escrita, este incorporará, por ejemplo, la imagen de la mujer que escribe con fuertes sentimientos en su obra terminada el año 8 a.C. la Metamorfosis (en latín Metamorphoseon). Asimismo, Ovidio dedicará a las mujeres algunos textos muy particulares, como su Arte de Amar (en latín Ars amandi o Ars amatoria) publicado entre los años 2 a.C. y 2 d.C. y la Cosmética para el rostro femenino (en latín Medicamina faciei) que remiten particularmente a lectoras por tratarse de textos asociados al amor y al cuidado corporal femenino, respectivamente. Estas referencias de Ovidio inaugurarán en vínculo de la mujer con la cultura escrita. De ahí que en este período se emprenda la representación de la mujer escribiendo o leyendo, pero todavía de manera muy privada, sola, y absorta en el texto.


Aunque la mujer pareciera haberse incorporado el mundo escrito, el analfabetismo durante los siglos III y IV seguía siendo muy alto. En este período ya se difundía fuertemente el códice o códex (el formato de libro como lo conocemos habitualmente), pero el analfabetismo femenino resultaba excesivo. Cavallo y Chartier (2004) confirman esto a partir de los Soliloquios de San Agustín (1986) en dónde propone a una mujer litterata, una mujer con la alfabetización básica.
Perrot (2009) comentará que llegada la Edad Media en Europa, los conventos favorecen la lectura e incluso la escritura de las mujeres, las mujeres religiosas copian manuscritos y estudian fuertemente el latín. Los conventos, avanzando el tiempo, abrirán sus puertas a un público diverso, pero seguirán atrayendo a mujeres con intereses culturales cada vez más fuertes. 


La posición de la mujer emprende entonces un lugar relevante, las mujeres comienza a acceder a la lectura y a la escritura lo que dará pie a la llamada Querella de las Mujeres, acción filosófica y política que vendrá a derribar arraigadas teorías sobre la mujer y su rol social, este debate favorecerá la libertad y la emancipación de la mujer. En este participará activamente Christine de Pizan (1364-1430), filósofa y poeta quién como menciona Rivera Garretas (1996) “le dio a la Querella de las mujeres, por primera vez que sepamos, contenidos feministas” (p. 28). Debido a que este debate se despliega en el ámbito académico, la mujer incluirá la lectura a su proceso de vida e instrucción y comenzará a reclamar educación, de la que hasta ese momento había sido apartada. Un ejemplo de ello, será la religiosa Gabrielle Suchon (1632-1703) que publica en 1693 el Tratado de la moral y de la política, este texto demostrará la afirmación de la mujer y su apertura, ya no solo a la devoción sino que al libro como objeto cultural. Este fortalecimiento de la mujer en la cultura escritura, marcará que a finales del siglo XIII, se muestren culturalmente superiores a los hombres.


Iniciado el siglo XVI este debate femenino y la posición de la mujer comienza nuevamente a perder intensidad, debido a que en Alemania ocurre uno de los mayores cismas de la Iglesia Católica, la Reforma Protestante. Durante este quiebre religioso el foco se encontraba puesto en estos nuevos planteamientos de Martín Lutero, que pretendían, como lo propone Gilmont (2004) “desestabilizar a la Iglesia tradicional mediante un amplio llamamiento a la opinión pública”, sin embargo, debido a tan vasta extensión y poco control de sus propuestas, a partir de 1525 “se reservó la interpretación de la Biblia a personas competentes, en realidad a un grupo compuesto por la élite política y a la intelligentsia clerical” (Gilmont, 2014, p. 341), así entonces, en Inglaterra explica Glimont citando a The Statutes of the Realm publicado en 1707 por Enrique VIII, se autorizará a imprimir la Biblia en inglés, pero con ciertas restricciones y una de éstas era que la lectura pública de la Biblia quedaba prohibida a mujeres, artesanos, aprendices y oficiales de servicio. En este caso, las mujeres podrían leer para sí  y para nadie más. 


La mujer nuevamente se relega al espacio privado y a ello se agrega, lo que comenta Gilmont (2004) citando a Crespy (1980), que no cabe duda que la población europea, a pesar de la Reforma, seguía siendo analfabeta, y que en Inglaterra durante ese período se calcula que el índice de alfabetismo era 10% de los hombres y un 1% de las mujeres. 


Posteriormente, cursando el siglo XVIII, la mujer vuelve a ocupar un espacio en el mundo de las letras, esta vez por una nueva revolución lectora que permite a la mujer y a otros sujetos acceder fuertemente al libro. Wittmann (2004) comenta que será así como comenzará a observarse en Europa central un intenso acercamiento a la lectura, fenómeno que la sociedad llamará ‘manía lectora’ y que rápidamente se convertirá en una ‘epidemia’. Así surgirán entonces en la mitad del siglo XVIII dos tipos de lectores: los intensivos y los extensivos, los primeros tendían a una lectura limitada de textos, los cuales eran leídos, releídos, memorizados y transmitidos repetidamente; y los segundos - o los de la llamada lesewut (en alemán rabia de leer) - alude a un lector libre y resuelto, consumidor de innumerables textos que era leídos con gran rapidez y sometidos a una metódica crítica (Cavallo & Chartier, 2004).  Esta nueva revolución se localizó en Inglaterra, Alemania y Francia, y permitió, como afirma Wittmann (2004), que segmentos sociales que estaban vetados de la lectura, en este caso las mujeres, pudiesen acceder a la lectura nuevamente y con mayor posición. Wittmann rescata que esta revolución será tratada como un síntoma, como una manía que se ha esparcido y que ha afectado con mayor virulencia a “estudiantes y aprendices de artesano, muchachas y mujeres” (p.466). Aquí surge un punto interesante, el ‘virus’ parece haber atacado con mayor fuerza a los mismos grupos sociales a los que antes se les había prohibido la lectura.


Hacia el siglo XIX la mujer retoma un fuerte espacio en el plano escrito, así será como comenta Perrot (2009) que las revistas feministas desempeñarán un rol creciente. La mujer comenzará a ocupar un rol preponderante en la prensa y con ello, en la opinión pública. Perrot afirma que las mujeres escriben en la tribuna de opinión con profesionalismo y mucho idealismo. Comenta que estas se niegan, por ejemplo, a llevar el apellido del marido y firman con su nombre. En consecuencia, el público lector femenino atenderá activamente a estas fuentes y fortalecerá su posición social. 


Así también, Lyons (2004) comenta que durante este período el analfabetismo femenino disminuirá y la mujer formará parte sustancial del nuevo público lector, particularmente de novelas. La mujer estará al mismo nivel de los varones, y transformará la imagen tradicional que de ellas se tenía, pues hasta ese momento la mujer lectora se vinculaba a lo religioso y muy lejos del espacio público. Surgirán revistas producidas por mujeres y para mujeres. Esta transformación les permitirá acceder a la compra de libros y a las bibliotecas.


La lectora llegará entonces al siglo XX con una acervo cultural fuertemente demandante e independiente, así Duby y Perrot (2000) expresan que “las mujeres modernas emergían de las luchas previas de emancipación política, económica y sexual […] en la década de 1920-1930 se hizo familiar el lenguaje de la ‘feminidad emancipada’” (p.107), lo que permitió poner atención a los deseos de libertad e individualidad de las mujeres. 


Estos deseos de pertenencia e individualidad parecen demostrar que la mujer se había preparado culturalmente durante el siglo XIX  –sobre todo a través de la lectura– para entrar a la modernidad con un registro totalmente diferente de su posición social. La mujer posee otro tipo de armas como es el alfabetismo; el acceso a la lectura le permitió a la mujer enfrentarse a un contexto masculino y reivindicar el espacio que había perdido.


Prontamente emergerá la imagen de la mujer en la lucha política a través de las llamadas sufragistas, movimiento que surge a inicios del siglo XX en distintos países, pero que se manifestó férreamente en Estados Unidos. Este movimiento abogaba por el derecho de la mujer al ‘sufragio igualitario’. Así por ejemplo, Alice Paul, destacada feminista y sufragista estadounidense, refleja a la mujer preparada e inmiscuida en la política, Paul refleja a la mujer moderna, que accede a la educación y a la lectura de un modo crítico, que participa de la política e interviene en el espacio social, ello se reconoce en su vasto conocimiento de la Biblia por su lectura y enseñanza familiar profunda, se graduó como la primera de su clase llegando al nivel doctoral de estudios sociales (EFETA, 2014). 


Al observar lo que ocurren en la actualidad, se ha construido una performance en torno a la mujer, el libro y la lectura, así lo demuestran The Outdoor Co-Ed Topless Pulp Fiction Appreciation Society, un club neoyorkino de lectura conformado por mujeres interesadas o aficionadas a la lectura que desde 2010, en épocas de calor, se reúnen en Central Park a leer desnudas de la cintura hacia arriba, este club tiene por objetivo promover la lectura y el encuentro; otro ejemplo es el proyecto audio-visual de año 2012 Hysterical Literature dirigido por Clayton James Cubbit en el que se graba una serie de ocho mujeres leyendo mientras estas están siendo estimuladas sexualmente, a través de un dispositivo vibratorio, hasta llegar al orgasmo. En cada sesión, las mujeres están sentadas en una mesa leyendo un libro y deben continuar su lectura sin detenerse a pesar de la estimulación permanente, Cubbit (2014) define Hysterical Literature como un “viral video art series exploring mind/body dualism, distraction portraiture, and the contrast between culture and sexuality”.

 

Imagen 1. Imágenes de Hysterical Literature dirigido por Clayton James Cubbit (2012).  


 


Estos últimos ejemplos, nos permiten observar a la mujer libre corporalmente para leer, despojada de vestimenta que limiten su experiencia lectora. Por otro lado, se observa a la mujer lectora dual, que se demuestra atenta a la lectura y que poco a poco será superada por la sensación corporal que la embarga -sensación que otra práctica como la lectura no logra superar- y que al mismo tiempo pone atención al impacto que genera en su entorno. Una lectora contemporánea, que no solo se ocupa del significado del texto, sino que atiende a su cuerpo y su ambiente de manera simultánea.  


Imagen, mujeres y lectura. Iconografía y representación de la mujer lectora


La iconografía no solo puede ser interpretada netamente como la obra plástica, sino que es posible detenerse en ella desde otros niveles más bien simbólicos u alegóricos.  Esta mirada de la obra plástica nos permite recoger una visión del mundo, la historia social, y en particular nos permitirá conocer la representación de la mujer lectora.


La aparición de la mujer en la obra plástica, nos impulsa a colegir fuertes cambios sobre su percepción o representación en un determinado espacio-tiempo. Será representada con diversos propósitos, en una variedad de materiales y en distintas posturas. Así la historia iconográfica, aquí sintetizada, evidenciará la imagen de la mujer lectora.


Inicialmente, en la Grecia clásica, específicamente en Atenas, la cerámica producida representará un amplio repertorio de escenas de la vida ateniense, de la mitología y de los grandes hitos históricos, esta cerámica conocida como vasos áticos graficó fundamentalmente la figura masculina, sin embargo, no deja de incorporar a la mujer bajo un detalle interesante, ésta era pintada con un tono  más blanquecino. Así, por ejemplo, se representará en una hidria ática del 435 a.C. (véase la imagen 2) a la poetisa Safo de Mitilene (o también Safo de Lesbos), pero se le representará interesantemente leyendo. Esta imagen muestra a Safo muy concentrada leyendo en voz alta a sus compañeras, actitud típica de la Grecia, pues la lectura se practicaba esencialmente en esta modalidad.

 

 

Imagen 2. Hidria ática Safo leyendo a sus compañeras (435 a.C.)



Posteriormente, durante la Edad Media, aparecerán tablas, pinturas y esculturas en las que la mujer se muestra leyendo o permanece sosteniendo un libro. La mujer lectora de la Edad Media, será muy distinta a la Safo de los vasos áticos. En el siglo XII el ícono la lectora se fortalecerá bajo la estampa de la virgen con un libro, consolidando con ella la instrucción religiosa. Será la imagen de la Anunciación -con la representación de la virgen siendo sorprendida por el arcángel con un libro en su regazo, entre sus manos o en una mesa-  la que comenzará a difundirse fuertemente.


Esta representación de la virgen lectora y recibiendo la noticia, coincide como asegura Fuentes (2011) “con el tiempo en que se extendía la idea de cómo Madre de Dios, María habría sido mujer dotada espiritual e intelectualmente” (p. 92). Ahora bien, como plantea Fuentes, surge una pregunta fundamental: ¿Qué se pretendía o cuál era la intención de difundir de la iconografía de la Virgen con un libro? Ante esta pregunta Fuentes manifiesta que es evidente que se pretende un fortalecimiento de la lectura femenina, pero del libro recomendado para las mujeres, que durante este período será el Libro de Oraciones.


En diversas pinturas e íconos medievales y post-medievales de la Anunciación se podrá observar como el ángel Gabriel se acerca y sorprende a una Virgen María que lee. Así por ejemplo, en el díptico realizado en madera en 1333 La Anunciación o Altar Orsini (véase imagen 3) del italiano Simone Martini, presenta en un lado al Ángel de la Anunciación y al otro lado a la Virgen que recibe con recogimiento la noticia mientras que en su mano izquierda sostiene un pequeño libro (véase la figura 4).

 

 

Imagen 3. Díptico (lado derecho) La Anunciación o  Altar Orsini: Virgen del italiano Simone Martini (1333), temple sobre madera, Real Museo de Bellas Artes de Amberes, Amberes, Bélgica.  


 

 

Imagen 4. Detalle de la virgen sosteniendo un libro del díptico (lado derecho) La Anunciación o Altar Orsini: Virgen del italiano Simone Martini (1333).

 


Luego entre los años 1430 y 1432, el toscano Fra Angélico (seudónimo de Guido di Pietro da Mugello) presentará La Anunciación en una tabla de oro y temple en el que la Virgen sostiene en sus piernas un libro abierto. En esos mismos años, como relatará Dierick (1972) el 6 de junio de 1432 (fiesta de San Juan Evangelista) los hermanos Hubert y Jan van Eyck darán a conocer por primera vez el políptico La Adoración de Cordero Místico también conocido como el Altar de Gante, este retablo de doce tablas pintadas al óleo puede contemplarse tanto abierto como cerrado. En uno de los paneles del retablo cerrado, como se muestra en la imagen 5, se representa la Anunciación de María de un modo muy peculiar, al respecto Borchert (2008) describe que el ángel lleva un lirio en sus manos (símbolo de la virginidad) y comparte un diálogo con María en el que el ángel le dice: "«Dios te salve, María, llena eres de gracia»", a lo que ella le responde: "«He aquí la esclava del Señor»" (diálogo que podrá observarse en los fragmentos en latín, en las secciones donde se ubica cada figura). Till-Holger Borchert, en torno a su estudio sobre la obra de van Eyck, dirá que:


La inscripción está en latín, en letras doradas, estando al revés el «Ecce Ancilla Domini» de la Virgen […] Las palabras de María se dirigirían de esta forma al cielo o a la paloma del Espíritu Santo que hay sobre su cabeza (p. 24).

 

 

 Imagen 5. Sección del políptico cerrado La Adoración de Cordero Místico o Altar de Gante de Hubert y Jan van Eyck (1432), Catedral de San Bavón, Gante, Bélgica.



En esta sección del políptico es posible observar (véase la imagen 5), por un lado, una especie de diálogo entre ambas figuras, y por otro lado, es posible notar que en medio de este escenario, la Virgen es sorprendida por las palabras del arcángel mientras ésta lee. 


Posteriormente, el italiano Antonello Messina contribuirá entre los años 1473 y 1476 con dos modelos en óleo de la Virgen de la Anunciación en las que ambas mujeres se encuentran en un mesón con un libro abierto frente a sí. Más adelante, entre 1559 y 1564, el español Tiziano presentará la Anunciación en la que la Virgen sorprendida por los ángeles, sostiene un libro en su mano. Después, en 1712 en la Anunciación del italiano Paolo de Matteis (véase la figura 5) se observará a María sentada frente a un libro recibiendo la noticia de la salutación.

 

 

Imagen 6. Anunciación de Paolo Matteis (1712), 
óleo sobre lienzo, Saint Louis Art Museum, Saint Louis, Estados Unidos.


Es evidente que la Virgen es sorprendida por el arcángel leyendo en todas las ocasiones, de algún modo, esta reiteración pretende hacer notar que la Virgen es sorprendida por el ángel enviado por Dios en una ocupación “noble” o “trascendente” y no en una actividad sin sentido, similar a lo que Jesús les transmitiera a sus discípulos en Mateo 24, 37-44:


Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé […]. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre […] Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor […] Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada .


Esta iconografía de la Virgen parece mostrarnos también la primera venida del Señor fue tan similar como se profetizó su segunda. Se retrata a una María sorprendida por el ángel, sin sospecha alguna; se muestra a una Virgen ocupada en su lectura, a una mujer que se prepara. De este modo, prevenida ante la llegada del Señor, la virgen podrá decir -con completa disposición como se muestra en la imagen 5 del políptico de van Eyck- Ecce Ancilla Domini (He aquí la esclava del Señor).


En una línea similar, surgirá la iconografía de Santa Ana y su hija, en la que se mostrará a la madre enseñando la lectura a su hija. Esta imagen dará inicio a una variedad de iconografía en la que se muestra a la madre como la maestra que enseña a leer.


Así por ejemplo, en 1655 el español Bartolomé Esteban Murillo presenta el óleo sobre lienzo Santa Ana enseñando a la Virgen, representa la infancia de la Virgen y se observa el libro como ese instrumento para el aprendizaje. Así en 1740, el barroco sevillano José Montes de Oca, exaltará esta imagen con la escultura religiosa Santa Ana enseñando a leer a la Virgen Niña, en la que manifiesta el sentido religioso de la familia, pero además incluye los inicios del fuerte sentido del conocimiento y la ciencia al componer a Santa Ana enseñando un libro a la Virgen con un rostro impetuoso y a la vez tierno.

 

 Imagen 7. Santa Ana enseñando a leer a la Virgen de Bartolomé Esteban Murillo (1655), 
óleo sobre lienzo, Museo del Prado, Madrid, España.


Estos íconos dan cuenta de que la imagen de la mujer analfabeta resulta muy cuestionable, ya que desde el siglo XIII se representa a la mujer en la práctica lectora. La iconografía medieval nos permitirá inferir, como asegura Bernárdez (2007), que las mujeres en este período “leían más de lo que podríamos imaginar contando las posesiones de libros que han quedado reflejados en distintos cómputos” (p.70). Interesante es además considerar, como menciona Bernárdez que durante la Edad Media no sólo se representa a mujeres lectoras con prestigio intelectual o religioso, sino que además figurarán damas lectoras, mujeres pertenecientes a la nobleza con acercamiento a la lectura.


Sin embargo, tanto la imagen de la Virgen leyendo, de Santa Ana enseñándole a leer y de la mujer religiosa-intelectual, comenzará a decaer en tanto decae el dominio religioso. El arquetipo femenino occidental de la Virgen, ya no tendrá el mismo vigor. Los cambios históricos con respecto al rol femenino al iniciar el Renacimiento, darán lugar a otras imágenes de la mujer lectora, asimismo los cambios con respecto al acto lector tendrán fuerte incidencia en la representación de la mujer lectora. 


Bernárdez (2007) nos plantea las diferencias que comienzan a proliferar entre la iconografía medieval y renacentista. La diferencia fundamental residirá en que en la Edad Media la obra está cargada de un valor simbólico-religioso, sin embargo, en el Renacimiento la obra “supone una copia, y al mismo tiempo una recreación activa y performativa de la realidad” (p.71). 


Pero todavía en el siglo XVII, la iconografía conservará atisbos de ambas tendencias, como afirma Bernárdez (2007) se intenta “representar a la misma escala lo divino y lo humano […] haciendo una reconstrucción ideológica de la realidad” (p.71), sin embargo, será en este período cuando la idea de lectura sea considerada una fuente de placer (Bollman, 2006) y no solo fuente de aprendizaje religioso, así por ejemplo en 1630 Gerrit Dou pintará el famoso cuadro de la anciana leyendo, conocido como Anciana leyendo la Biblia o El retrato de la madre de Rembrandt, se cree que este cuadro conservaría la imagen de la profetisa Ana y que en sus manos sostendría abierto el Antiguo Testamento, sin embargo, la mujer -como enfatiza Bollman- “parece completamente absorta en recoger el sentido y la trascendencia de lo que está leyendo” (p.28), a partir de allí la representación de los libros perderá progresivamente el carácter de absoluto y pasará a convertirse en un instrumento para que sus lectoras y lectores se comprendan y se conozcan a sí mismos.


 

 Imagen 8. Anciana leyendo la Biblia (o conocido como Retrato de la Madre de Rembrandt) de Gerrit Dou (1655), pintura en tabla, Museo Nacional, Amsterdam.

 


En esta época crece fuertemente el alfabetismo, como expondrá Bollman (2006) los Países Bajos contarán con la mayor población alfabetizada y, por consecuencia, el texto escrito será por excelencia la modalidad de comunicación, de ahí que surja fuertemente el intercambio epistolar. Este aspecto no tardó en representarse en la iconografía de la época y serán las mujeres principalmente representadas como lectoras, frente a los varones que escriben. Uno de los cuadros más destacados, corresponde al del pintor alemán Jacob Ochtervelt Declaración de amor a mujer leyendo, este cuadro de 1670 reunirá no sólo la lectura de cartas, sino que la lectura de libro y, al mismo tiempo, la conversación. La mujer lee un libro, y se observa una carta con su sello roto, un hombre intenta hablar con ella, pero prosigue absorta en la lectura del libro, el varón pierde atención, atención que es ocupada por la lectura del pequeño libro.


La imagen de la mujer lectora, dará un vuelco en el siglo XVIII, específicamente en 1828 con la famosa representación neoclásica de Gustav Adolph Hennig, la Muchacha leyendo, en la que, en la que la mujer representada se aleja de todo orden social, cultural o religioso pues no se observa marca alguna de ello, en la que en medio de su sobriedad destacará el libro entre sus manos cerca del pecho. Esta imagen representará una lectura íntima y abstracta, que demuestra el alejamiento tal del arquetipo religioso de mujer y de lectora. Esta austeridad 

 

 

 Imagen 9. Muchacha leyendo de Gustav Adolph Henning (1928),

Museo Bildenden Kunste, Leipzig, Alemania.

 


Así también Jean-Jacques Henner hacia 1880/1890 nos presenta La lectora, un cuadro con la figura femenina desnuda y leyendo. Esta representación nos demuestra que la imagen de la lectora femenina ha cambiado enteramente. La pintura se aleja de la imagen femenina religiosa, ahora es más bien una lectora placentera y sin molestias. Una imagen limpia, en donde la lectura ahora se manifiesta como una acción grata y amena. A estos elementos, se incluirá el desnudo femenino como una representación constante. Junto a Henner, hacia 1886/1887 el pintor francés Théodore Roussel representará a la mujer lectora desnuda, con indicios de una lectura desvergonzada, con total indiferencia de lo exterior en su obra la Muchacha Leyendo.


Iniciado el siglo XX, Erich Heckel será quien en 1911 retrate con gran espontaneidad u desnudo de la Mujer Leyendo, medio acostada en un diván, rescatando en su rostro la mueca de una lectura intrigante y absorbente. Suzzane Valadon, pintora autodidacta, retratará en 1922 Desnudo Femenino (de cuerpo completo), en el que la mujer sentada en una cama lee, al parecer, de manera casual y muy relajada.

 

 

 Imagen 10. Desnudo Femenino de Suzzane Valadon (1922), 
Museo de Arte Moderno, París.


Gabriele Münter, pintora y diseñadora gráfica, representará en lápiz en 1927 a La Lectora, en este gráfico retratará a la mujer que lee concentrada, con total despreocupación de su cuerpo y de su postura, sin embargo, es una lectora, como afirmará Bollman (2006) “que irradia seguridad, energía y concentración […] Esta lectora vive el aquí y el ahora” (p.135). Esta imagen, nos interna en la nueva imagen de la mujer del siglo XX.

 

 

 Imagen 11. La lectora de Gabriele Münter (1927), Fundación Gabriele Münter  
y Johannes Eichner,
Munich, Alemania.


La importante cantidad de representaciones de mujeres leyendo o que aparecen con un libro en las manos sugiere, no solo la imagen de un objeto decorativo, sino que refiere al fuerte incremento de la alfabetización en un sector social mayoritariamente marginado culturalmente, nos propone, por un lado, una nueva mirada del crecimiento de la cultura escrita en el contexto femenino y, por otro lado, el proceso de alfabetización experimentado por la mujer. 
Mujeres escritoras, su representación del libro y la lectura.


La lectura ha sido estudiada desde diversas perspectivas, sin embargo, un punto interesante a rescatar refiere a la representación que mujeres escritoras han conferido a la práctica lectora. Escritoras que no solo se dedicaron a su obra, sino que fueron fieles amantes de los libros y la lectura. 


Así por ejemplo, la escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1951) en su texto Lecturas para Mujeres propone una serie de textos para la lectura y formación educativa preferentemente de mujeres. Este trabajo es publicado en el año 1923 por encargo de su amigo y Ministro de Educación de México José Vasconcelos cuando se llega a ejercer el cargo principal en la Secretaría de Educación del país. En este corpus, Mistral se enfoca en la educación literaria de niñas y jóvenes de la época, incorporando textos de diversos géneros. Lo interesante de este trabajo es el ímpetu de la escritora por permitirles a las jóvenes mujeres acceder a una lectura variada y para la vida. En este texto (Mistral, 2005) es posible encontrar lecturas dirigidas a las mujeres en para circunstancias como la casa y la familia, maternidad, motivos espirituales, trabajo, naturaleza, entre otros.


Por otro lado, siguiendo la línea educativa, Mistral publica en 1935 el texto Magisterio y niño, dedica en uno de sus capítulos a los niños y el libro, en el planteará la labor poderosa de maestros y bibliotecarios en el acercamiento del libro a los niños y niñas, a ello se agrega un evocador apartado titulado Pasión de Leer (Mistral, 1979, p. 101) en el que propone sus ideas sobre la motivación y experiencia lectora, allí nos dirá que “hacer leer, como se come, todos los días, hasta que la lectura sea, como el mirar, ejercicio natural, pero gozoso siempre”.


Ahora bien, despertar todavía más la apetencia lectora significa para la autora pasar por “el placer del mismo [del libro] y rematar la empresa dejando una simple agrado promovido a pasión”. La avidez lectora no solo surgirá por cuantos textos se leen a se le asignan a un sujeto, sino que este hábito “no se adquiere si él no promete y cumple placer”.


Se trata de una práctica vinculada a la sensación corpórea, la lectura activa al sujeto hasta el punto de convertir este ejercicio en una pasión. Así Mistral (1979) refiere, por un lado, a la pasión de leer como “linda calentura que casi alcanza a la del amo […] que leer se haga un ímpetu caso carnal” y, por otro lado, expresa la sensación viva generada en el sujeto lector que no se sabrá “sino leyendo en escritura feliz […] que nos llega a producir una alegría pasada a corporal, a fuerza de ser tan viva” (p. 102). La poeta cerrará esta sección titulada Pasión Subida refiriéndose a la lectura como una “pasión preciosa de forcejear el mundo por mano más hábil que al propia; pasión por recorrer lo no recorrido en sentimiento o acción”.


Durante el más o menos el mismo período en el que Mistral presenta estos textos, en Europa la escritora británica Virginia Woolf (1882-1941) en su obra El Lector Común propondrá un ensayo sobre la lectura y el libro, asentándose en la pregunta: “¿Cómo debería leerse un libro?”. Woolf también escribe este ensayo por encargo, respondiendo a la solicitud de aconsejar en torno a la práctica lectora de novelas y otros géneros.


 Respecto al tema ella nos dirá que “el único consejo, en verdad, que una persona pueda dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones” (Woolf, 2010, p. 233). Woolf opta por la idea de la libertad e independencia de lector, aquel capaz de utilizar su sentido e instinto para acceder al libro “la cualidad más importante que puede tener un lector”. 
Así, ella defiende esta autonomía lectora y plantea una dura crítica a quienes, con carácter de autoridad, coartan la práctica lectora mencionando que:

 

Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y togadas que estén, entren a nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo leer, qué leer, qué valor dar a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad” (Woolf, 2010, p. 233). 


En la práctica lectora es labor de lector asignar sentidos por lo que como Woolf (2010) menciona “cada uno debe resolver esa cuestión por sí mismo”. Para la autora en la actividad y en los espacios  de lectura no hay determinaciones “en cualquier otra parte nos pueden atar leyes; ahí [en los espacio de lectura] no hay ninguna”. Woolf además no solo plantea esta libertad al leer, sino que además propone aprovechar las capacidades al momento de leer y no desperdiciar un momento de lectura, por lo que sugiere que “si nos retraemos y mostramos reparos y criticas al principio, nos estamos impidiendo sacar el mayor provecho posible de lo que leemos”, ahora bien si “abrimos la mente al máximo, entonces unos signos e indicios de hermosura casi imperceptible, al cabo de las primera frases, nos llevarán ante la presencia de un ser humano como ningún otro”.


Finalmente, la autora cierra este ensayo con el fuerte sentido de la libertad en la lectura preguntándose: “¿Quién leer para conseguir un fin, por más deseable que sea?” y concluye con una imagen de quienes han preferido la práctica lectora con entusiasmo diciendo: “cuando llegue el Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado lleguen a recibir su recompensa […] en Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no con cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: «Mira, estos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura»” (Woolf, 2010, p. 245).

 

Conclusión


La incorporación de la mujer a la palabra escrita ha avanzado gracias a hitos que han permitido su acceso al libro y al espacio cultural. La connotación otorgada desde diversos contextos ha generado una imagen ciertamente desvalorizada de la mujer, dejándola relegada a ciertas actividades y muy dependiente de un otro, particularmente masculino. Esta dificultad de la mujer para acceder a la lectura, durante siglos le prohibió poseer ciertos libros y como consecuencia la lectura femenina fue coaccionada y vigilada, con el fin de que leyeran lo menos posible (Bollman, 2006).


Las razones por las que la mujer ha sido excluida, si se quiere, del mundo cultural son diversas, entre ellas el gran analfabetismo, sistemas socio-culturales de orden patriarcal, la mujer biológicamente incompleta y dependiente  (Fernández, 1993; Bleichmar, 1998), estos aspectos no solo han tenido relación con su condición femenina propiamente tal, sino que se ha debido también a la ocupación de ciertos grupos en el terreno cultural (Cátedra y Rojo, 2004). Estos aspectos son los que, en su generalidad y por una exclusión ‘a ratos’, han limitado el acceso de la mujer a la cultura escrita y han caracterizado a la mujer.


Sin embargo, a pesar de los grandes obstáculos que la mujer ha tenido que sortear, ésta penetró en un ámbito fuertemente poderoso como lo es la lectura. Desde allí, aunque parezca mantenerse pasiva, la imagen de una mujer lectora como afirma Bollman (2006) era de una ‘mujer peligrosa’. La mujer fortaleció su capital cultural desechando así, poco a poco, tradicionales ideas sobre sus capacidades. Surgen mujeres letradas, como Christine de Piza, que revolucionan la política y los roles impuestos.


Respecto a su representación iconográfica, es interesante observar la gran cantidad de imágenes, ya sea pinturas, tablas u otras obras plásticas, que presentan a la mujer con un libro cerca de ella. Esto es claro en la numerosa obra de la anunciación, en la que la Virgen es sorprendida por el ángel leyendo. Luego, diversos cuadros y bocetos en los que la mujer sostiene un libro absorta, desnuda ante su comprensión, libre y ocupada en cada página. Así cómo es posible observar en la actualidad, como todavía, en medios audiovisuales, se conserva la idea de la mujer que lee como una manera de criticar a la sociedad, como lo hace Cubitt (2014).


Así se conocerán también, en el transcurso de la historia de la lectura, mujeres que intervienen en la literatura y que tratarán la práctica lectora desde fuetes reflexiones y críticas, como por ejemplo el trabajo de Gabriela Mistral en Latinoamérica y Virginia Wolf en Europa, estas autoras nos advierten de la tendencia corporal del acto de leer, como una necesidad para sobrevivir; nos manifiestan que leer es ímpetu de libertad y placer. Así también, estas escritoras parecen mostrar a la lectura como una experiencia vívida, necesaria; motor y acto movilizador. En ambas puede resumirse que la práctica lectora no queda relegada al solo hecho de comprender significados, sino que despierta una autonomía y una experiencia corpórea.

 

Referencias


Bernárdez, A. (2007). Pintando la lectura: mujeres, libros y representación en el siglo de oro. Edad de Oro, (21) 67-89. 


Bleichmar, E. D. (1998). La Sexualidad Femenina de la niña a la mujer. Buenos Aires: Paidós.


Bollman, S. (2006). Las mujeres, que leen, son peligrosas. Madrid: Maeva. 


Borchert, T.-H. (2008). Van Eyck. Colonia: Taschen.

 

Cátedra, P. & Rojo, A. (2004). Bibliotecas y Lecturas de Mujeres. Madrid: Instituto de Historia del Libro y de la Lectura (IHLL).

 

Cavallo, G. (2004). Entre el volúmen y el códex. En G. Cavallo, & R. Chatier, Historia de la Lectura en el Mundo Occidental (págs. 95-133). Madrid: Taurus.

 

Cavallo, G. & Chatier, R. (2004). Historia de la Lectura en el Mundo Occidental.  Madrid: Taurus.



Cubitt, C. (26 de Junio de 2014). Hysterical Literature. Obtenido de Clayton Cubitt: http://claytoncubitt.com/hysterical-literature/


Dierick, A. L. (1972). El cordero místico. Schoten: J. Paeshuys S.A.

 

Duby, G., & Perrot, M. (2000). Historia de las Mujeres (Vol. X). (M. A. Galmarini, Trad.) Madrid: Taurus.

 

Escuela Feminista de Teología de Andalucía. (12 de Julio de 2014). Semblanza. Alice Paul: feminista, sufragista y estratega política. Obtenido de Escuela Feminista de Teología de Analucía EFETA Web site: http://www.efeta.org/ES/mesames0017.php


Fernández, A. M. (1993). La mujer de la Ilusión. Pactos y contratos entre hombres y mujeres. Buenos Aires: Paidós.


Fuentes, M. J. (2011). Virgen con libro. Lecturas femeninas en la Baja Edad Media Hispana. Espacio, Tiempo y Forma. Serie III. Historia Medieval, 91-108.


Gilmont, J.-F. (2004). Reformas Protestantes y Lectura. En G. Cavallo, & R. Chartier, Historia de la Lectura en el Mundo Occidental (págs. 329-365). Madrid: Taurus.


Lyons, M. (2004). Los nuevos lectores del siglo XIX. En  G. Cavallo, & R. Chartier, Historia de la Lectura en el Mundo Occidental (págs.473-517). Madrid: Taurus. 

 

Mistral, G. (1979). Magisterio y niño. Santiago de Chile: Andrés Bello.

 

Mistral, G. (2005). Lecturas para Mujeres. México D.F.: Porrúa. 

 

Rivera Garretas, M. M. (1996). La querella de las mujeres: una interpretación 
desde la diferencia sexual. Política y Cultura, (6) 25-39. Recuperado de http://redalyc.org/articulo.oa?id=26700603 


Perrot, M. (2009). Mi historia de las mujeres. Buenos Aires: Fondo Cultura Económica. 


Wittmann, R. (2004). ¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII? En G. Cavallo, & R. Chartier, Historia de la Lectura en el Mundo Occidental (págs. 435-472). Madrid: Taurus.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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